
Siempre me ha gustado ver el atardecer, ver como poco a poco va desapareciendo la luz, mientras una suave brisa acaricia mis mejillas y el anaranjado se mezcla con el celeste y después con la oscuridad; todo se va poniendo en calma, en silencio. Me gusta, por que también me pone en calma, bloquea mis pensamientos y eleva mi mente por encima de las montañas tras las cuales se va escondiendo el sol.
Siempre me ha gustado ver el atardecer, pero hoy no hay mucho que decir, las cartas quedaron tiradas en el piso de aquel lugar. Yo no quiero recogerles. No hay mucho que decir, no hay mucho que buscar, las ilusiones se van desapareciendo como el día, efímeras como casi siempre. Hay muchas cosas que no entiendo, pero al fin y al cabo sólo son cosas, vanales, supérfluas.
Algún día debía suceder, y dadas las circunstancias, fue mejor pronto que tarde. Cuando es tarde no queda mucho tiempo y las segundas oportunidades dejan de existir.
Ahora estoy sólo esperando que el cuadro se ilumine, una esperanza, tal vez una razón para continuar con las luces encendidas