"Pueblo largo y cojudo,
barril sin fondo de mierda,
ojalá pase un río más largo
y lo borre del mapa y se pierda"
Hila las letras, hila la vida, hila mi mente, mis ganas, mis lagrimas. Hila algo, lo que sea, un puñado de harina, una pizca de sal. Hila los sabores, hila las emociones, hila las gotas de lluvia suave, esa misma, maldita sea, que no moja, pero desespera. Hila el marfil, el de la torre, el estúpido marfil que no debió regresar. Hílame a mi, por que quede a pedacitos, a retazos inconclusos.
Ya no se que hacer, tocar más puertas o aguantar la intemperie, la incertidumbre. Maldita sea, la suerte, la loca, la amarga, la tuya o la mía, maldita sea la profecía que se tejió, malditos los pensamientos que me roban la calma, malditas las circunstancias y el temblor de las manos. Benditos los inconclusos, que viven por días, que lloran por años.
Te estrujaría en un abrazo, para que no te salieras de mi alma, pero mi alma ya se cerró y te quedaste afuera sin llave, o yo me quedé dentro encerrado.
Nos queda el olvido y el alcohol, y ni el alcohol me queda ya, ni la negra, ni la blanca, ni el naranja infinito, ni el verde monstruoso.
Tal vez Rocamadour me extienda los brazos, o la Venus de Milo, que no tiene; o Caliope, o Thaleia o las Moiras se apiaden de mi y me tejan una trenza de miel, a ver si logro quitarme el salado sabor de la boca.
Lo sabía, carajo, como lo sabía, tanto que me asusta saber que sabía. Pensé que llegaría, y llegó (más pronto que tarde), el momento de recoger los pedazos, armar un feo colage, gritarle a la vida: "Maldita, sáquemelo un poquito"; el momento inoportuno de escuchar el "te lo dije", el momento infinito de mirar por la venta esperando que suene aquel bonito timbre que no va a sonar. Ese momento, nostálgico, puro, humano, de sentirse como mierda en el asfalto.
Es duro, pero no es la primera, ni será la última, vez que deba caminar por inercia, sabiendo en en sentido contrario se larga la felicidad, y no tener el valor de girar la mirada por miedo a las represalias. Abreven los pezones con sal, de la mujer de Lot.
Se encharcaron tus ojos, se encharcaron los míos, nos fundimos en un doble abrazo, como de despedida de puerto y sin volver a mirarnos nos fuimos caminando en direcciones distintas; las mismas direcciones distintas en las que veníamos caminando cuando, un día (por azares absurdos) no encontramos. Pero mi querida (y que bien suena "mi querida"): la tierra es redonda y algún día seremos mayores