Mantenía cerrados los ojos por un largo rato, quería mirar, quería espiar bajo mis párpados y ver, exactamente, que sucedía frente a mi. Había en el lugar un olor agradable, una brisa fría y una luz a un lado que venía de un raro cuarto que nunca supe para que servía. El cielo, el cielo crecía inmenso tras de mi, bastante estrellado, bastante adornado con retazos de nubes místicas de colores psicodélicos cual caleidoscopio setentero.
Al fondo las luces de la ciudad salían de los edificios en donde la gente continuaba su vida al mismo ritmo caótico de siempre, mientras yo sólo tenía ese instante inmortal que pretendía ser más duradero de lo que realmente estaba siendo. Mis manos no sabían que hacer mientras la música, que no estaba sonando, avanzaba en sus compaces. Podía sentir todo mi cuerpo, preso de una autonomía total, atado en cabal libertad, consciente de todo cuanto sucedía, vivo, mio. Mi corazón empezaba a latir más fuerte mientras se formaba un vacío absoluto en mi estómago como si estuviera cayendo, pero sabiendo que no llegaría al suelo. El viento susurraba poemas, mientras el silencia de la noche fluía a borbotones y podía escucharme respirar. Intentaba pensar en algo, pero muchas ideas se agolpaban al tiempo y formaban un revoltijo inexpugnable que prefería olvidar antes que intentar desenmarañar. Entonces abría mis ojos para descubrir con alegría, frente a mi, tus ojos cerrados que lentamente se abrían. Luego venía el abrazo. Luego venía la brisa. Luego venían las ganas de abrir, otra vez, los ojos para ver, exactamente, que sucedía frente a mi
