Desde hacía algunas noches un gato estaba asechando la ventana que, desde mi cuarto, da a la calle, se subía, el condenado, e intentaba entrar, pero los arabescos metálicos de la reja externa se lo dificultaban; en eso duró como cuatro noches hasta que encontró un espacio suficiente para pasar, pero después estaba la cortina, que, de hecho, no le representaba obstaculo alguno, sin embargo, al gato le asustaba por que era algo desconocido para él. La quinta noche, decidí ponerle un poco más de dificultad, creyendo que esa noche se enfrentaría a la cortina; el gato trepó a la ventana, parecía decidido a ingresar examinó la cortina y queriendo probar su resistencia, le dió un zarpazo, pero se encontró con algo bastante duro; era vidrio, yo había dejado la ventana entre cerrada. En ese punto creí que el gato no volvería, pero a diferencia mía, el animal no vió la ventana entre cerrada, la vió entre abierta, y como si no existiese el vidrio de mi ventana, entró a mi casa y llegó hasta mi cocina; en mil maromas me ví para hacerlo salir.Tal como mi ventana, son las mujeres, ponen cada vez más y más dificultades, y tal como los gatos deberiamos ser lo hombres, perseverantes hasta poder entrar en el corazón de las difíciles mujeres.
Es decisión de cada gato, y de cada hombre, si persevera o busca ventanas abiertas.
Fotografía tomada de:
http://phototimer.files.wordpress.com/2007/03/ventana.jpg
Texto © Nelson Felipe
No hay comentarios:
Publicar un comentario