martes, junio 29, 2010

Osadía Atemporal



"La calle de las delicias" le llamaban a esa fea calle de ese feo sector de esa fea ciudad. A falta de reloj, el sol marcaba como las cuatro. Era un junio cualquiera, como casi todos y la melancolía se hacía ligera y podía respirarse.

- "Maria Teresa, ay Maria Teresa" - gritaba la botella, mientras aparecía a contra luz una silueta apretada, un tanto joven, un tanto vieja, un tanto puta; y de sus labios rojos como la sangre salía siempre la misma frase, desgastada de tanto repetirse:

- Otra vez por aquí don Nicanor - y siempre la misma respuesta: - otra vez por aquí, Juanita -, como en una rutina tonta pero necesaria.

- "Maria Teresa, ay Maria Teresa" - gritaba el mostrador. Era un bar de mala muerte, de esos de rocola en el rincón, de olor a humo pesado, de ranchera y bandoneón; tenía un poco sucias las mesas, viejas las sillas y manchadas las paredes, pero en medio de su profunda tristeza, no había lugar más puro, más primitivo, más básico y sencillo, más digno de don Nicanor. Idílico lugar el bar aquel, puesto sobre la calle de las delicias y no menos feo que el rededor, abría sus puertas de tres a seis, de Martes a Domingo y de par en par.

Juanita, con una vida nada fácil, se paseaba por la calle de las delicias, esperando que algún buen corazón le lanzara la buena suerte; trabajaba en un idílico lugar, puesto sobre la calle de las delicias y no menos feo que el rededor, abría sus puertas de tres a seis, de Martes a Domingo y de par en par. Era la única mesera y de paso, la única razón de muchos clientes que concurrían al lugar y que esperaban con sonrisas y piropos malgastados pagar la cuenta y si tenían suerte pagar también el cuarto en dónde Juanita, casi a diario, esperaba que algún buen corazón le lanzara la buena suerte.

- Ay, don Nicanor, cuando va a dejar de beber - Preguntaba Juanita, mientras limpiaba la mesa de aquel señor ya un poco mayor. - Cuando vuelva Maria Teresa; si la ves, dile que la estoy esperando -.

- Nicanor, no olvides que te amo - Dijo Maria Teresa mientras recogía las maletas y se largaba de la casa. - Si así es como me amas, prefiero que me odies - respondió don Nicanor mientras veía a su amor salir por la puerta de su casa, después de eso no se ha vuelto a enamorar.

- Naciste sola y morirás sola - le repetía la dueña de la pensión cada vez que veía llorar a Juanita porque el hombre de turno se había ido sin despedirse, veía como se pasaban los años, entre ebrios y borrachos, y ella seguía sola, como al principio.

"La calle de las delicias" le llamaban a esa fea calle de ese feo sector de esa fea ciudad. A falta de reloj, el sol marcaba como las cuatro. Era un junio cualquiera, como casi todos y la melancolía se hacía ligera y podía respirarse.

- Hoy será como siempre, don Nicanor, un día como cualquier otro - Dijo Juanita, al pasar junto a la mesa y recoger una colilla de cigarrillo del suelo. - No estés tan segura - dijo don Nicanor con una pícara sonrisa mientras observa con deseo el monumental revoltijo de carne y huesos que usaba Juanita como cuerpo - no estés tan segura, muchacha , me lo dice mi buen corazón -

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